El Papa Francisco tampoco es profeta en su tierra El debate sobre el aborto en Argentina ensancha la grieta que separa al Sumo Pontífice de muchos de sus compatriotas

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Jey Mammon es un talentoso comediante argentino. El martes pasado le escribió un breve mensaje al Papa Francisco en twitter. “Hola ‪@Pontifex_es fui al siquiatra recién. Me preguntó “quien te deriva” le dije “El Papa”. Me dijo que la homosexualidad no es considerada enfermedad por la OMS desde hace un rato ya y que le manda un abrazo enorme”. Un día antes, a su regreso de Irlanda, Jorge Bergoglio había sugerido que si un niño exterioriza tendencias homosexuales tal vez la psiquiatría podía ayudarlo.

Mientras el mensaje de Mammon se viralizaba, en la Facultad de Derecho de la Universidad de Córdoba, la más importante del interior del país, una asamblea de 750 estudiantes resolvía retirar de allí una estatuilla de la virgen María, en nombre de la separación entre la Iglesia y el Estado. Algunos de esos estudiantes, entonces, treparon hasta el lugar donde estaba la imagen, la descolgaron y la entregaron a estudiantes católicos para que la pusieran en un templo.

Hace unos meses, ocurrió lo mismo en el Colegio Carlos Pellegrini, uno de los más tradicionales de Buenos Aires. La tradicional imagen de la virgen fue retirada por pedido de los estudiantes. En su lugar, apareció un pañuelo verde, que es el símbolo adoptado por el poderoso movimiento a favor de la legalización del aborto. Cualquiera que pasee en estos días por Buenos Aires podrá ver pañuelos verdes por todas partes: en general mujeres jóvenes lo llevan atados a sus mochilas pero también cuelgan de algunos balcones, o andan enredados en las muñecas o en el cuello de miles de personas.

En dos de sus últimos viajes, cuando fue a Chile e Irlanda, Francisco debió responder enfáticos reclamos por la actitud de la Iglesia frente a miles de casos de abusos de niños y de seminaristas jóvenes. En la Argentina no ha tenido esos problemas por una sencilla razón: Francisco ha decidido no volver a su patria natal. En julio de 2013 fue a Brasil, para dolor de los argentinos que consideran a ese país su histórico rival. A mediados de 2015 fue a Paraguay, Bolivia y Ecuador. Y este año, a Chile y Perú. El gran ausente en esos tours fue la Argentina, patria del jefe de la Iglesia católica. Dos veces, en sus giras, pasó por encima del país sin bajar a visitarlo. Estuvo en todos los países limítrofes menos en uno, Uruguay. Cualquiera podría decir que elude a los argentinos. Esa actitud fue siempre atribuida a que Francisco quería evitar que lo usaran políticamente. Si venía antes de diciembre de 2015, tal vez quedaba pegado a la entonces presidenta Cristina Kirchner; si llegaba después de esa fecha, podía parecer que respaldaba a Mauricio Macri.

Pero en los últimos meses, un nuevo elemento se incorporó a los problemas de Francisco en su país: la discusión sobre la posibilidad de legalizar el aborto. Aunque, por muy pocos votos, una de las cámaras legislativas rechazó esa opción, lo cierto es que cientos de miles de personas marcharon en las calles con los ya clásicos pañuelos verdes. La controversia tuvo una enorme emotividad. Los obispos de Francisco desplegaron agresivamente su capacidad de presión. Pero el movimiento feminista demostró una capacidad de movilización gigantesca.

Si el Papa viniera a Buenos Aires, debería enfrentar manifestaciones “verdes” que captarían, por su masividad, la atención del mundo entero. De hecho, como consecuencia de las discusiones vinculadas al aborto, hay dos campañas con fuerte presencia en el debate público: una que promueve la apostasía, la renuncia a la Iglesia por parte de personas que fueron bautizadas; la otra a favor de la separación de la Iglesia y el Estado.

La prensa mundial refleja en estos días el ataque que está recibiendo Francisco por parte de representantes de los sectores más conservadores de la Iglesia, financiados desde los Estados Unidos por el tea party. Pero el líder de la iglesia progresista, como algunos definen al papa, es al mismo tiempo alguien que ofende a homosexuales, ha callado frente a abusos terribles y surge de una organización que, en la Argentina, fue cómplice de las peores cosas: desde la dictadura militar hasta la presión para que no se distribuyan preservativos en tiempos del Sida.

En Buenos Aires no solo le preguntarían a Francisco por los abusos de niños: también por las mujeres que mueren o son lastimadas en abortos clandestinos.

Mejor postergar un viaje tan traumático.

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