Pepe Cibrián Campoy, diva absoluta de la avenida Corrientes

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Brilla en su composición de una travesti en decadencia en el musical “Priscilla, la reina del desierto”, en el Lola Membrives.

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Pepe Cibrián Campoy brilla en su composición de una travesti en decadencia en el musical “Priscilla, la reina del desierto”, en trío con Juan Gil Navarro y Alejandro Paker, estrenado en el teatro Lola Membrives.

El asunto tiene su origen en una película australiana de 1994, de Stephan Elliot, con el inglés Terence Stamp como protagonista, de un inesperado éxito mundial que incluyó un Oscar al vestuario, nominaciones varias y premios en Gran Bretaña, Australia y Estados Unidos, entre otros.

La versión porteña, dirigida por Valeria Ambrosio sobre la puesta inglesa del mismo Elliot, es sin dudas -sobre todo en la primera parte- una de las experiencias musicales más disfrutables de los últimos años en los escenarios locales.

Con dirección musical del especialista Gaby Goldman, a cargo de la recreación de numerosas melodías ochentosas, la pieza cuenta la historia de un trío de transformistas que viajan desde la ciudad de Sidney hasta un perdido pueblito del interior de Australia.

Lo hacen a bordo de un micro llamado precisamente Priscilla, para huir de los maltratos recibidos en la metrópoli por su condición sexual pero también -dos de ellos no lo saben- para que un padre conozca a su hijo de casi 10 años, residente a miles de kilómetros.

El hombre (Paker) tiene un pasado heterosexual junto a su esposa (Romina Groppo) y se ve compelido a cumplir una invitación para una suerte de cabaret de cuarta, propiedad de ella, donde la vida podría ofrecerles otras posibilidades.

Así es que se embarcan en el colectivo y recorren el desértico paisaje del país-continente, con una pelea sin pausa entre la veterana (Cibrián Campoy) y una loca joven con todas las plumas que quiere emular a Madonna (Gil Navarro).

En ese recorrido con no pocos inconvenientes, los tres conocerán un boliche siniestro, regenteado por una impertinente patrona (Mirta Wons) -cuya primera acción consiste en carraspear y lanzar un potente escupitajo-, donde no hallarán la paz, lo mismo que en otro, donde tendrán que desafiar a una diva filipina del lugar (Sabrina Artaza), cuyo marido (Omar Calicchio) termina yéndose con el grupo.

Además de los esplendores de la puesta -con tres cantantes de primera línea: Florencia Benítez, Gisela Lepio, Claudia Tejada- suspendidas en la altura y los numerosos boys and girls cuyo género a veces es difícil discernir, hay en los trabajos individuales suficientes motivos de solaz.

Con un ingenioso vestuario local de René Diviú, cuya fastuosidad se cruza no pocas veces con lo cursi, Gil Navarro y Paker pueden saltar absolutamente de escena en escena con un swing formidable, al que le adosan gracia y notorias capacidades para el canto y el baile (en el caso del primero toda una sorpresa).

Sin embargo, el dueño de la noche es Cibrián Campoy en su composición de esa vieja dama indigna, con oscuridades morales y afiladas frases en su pérfida lengua, con una imagen que no está lejos de la legendaria Iris Marga.

Autor y director de exitosísimos espectáculos musicales, algunos polémicos, Cibrián Campoy saca a relucir aquí sus enormes virtudes de comediante y su figura es el gran imán de “Priscilla…”, festejado por el público desde su primera aparición.

Las virtudes del espectáculo se completan con la iluminación (de Ariel del Mastro), los pasajes de video (de Maxi Vecco), la coreografía (de Elizabeth de Chapeaurouge), la escenografía (de Ana Repetto, con el micro como un personaje en sí mismo) y la dirección vocal (de Ana Carfi), pertenecientes a talentos locales que lo nutren de espectacularidad y energía.

“Priscilla, la reina del desierto. El musical” se ofrece en el teatro Lola Membrives, Corrientes 1280, jueves, viernes y domingos a las 21 y los sábados a las 20 y a las 23.